Un informe reciente del Banco Provincia muestra que nueve de cada diez jóvenes de entre 18 y 21 años entran en mora en el sistema financiero antes de conseguir trabajo. De ese grupo, el 92% no tiene empleo en relación de dependencia y el 90% tampoco registra actividad independiente formal. El estudio muestra también que el endeudamiento juvenil masivo se enfoca fundamentalmente en gastos como el supermercado y el pago de servicios.
En el trabajo de plataformas la cosa se pone todavía más dura. Los pibes piden créditos para arreglar la bici, comprar insumos o sostener la changa, y después tienen que sumar viajes para poder devolverlos. La deuda se mide en horas arriba de la bicicleta, en jornadas que llegan a las 14 horas.
El endeudamiento creció en el mismo tramo en que los recursos destinados a las juventudes cayeron estrepitosamente, con las becas Progresar y el ex Potenciar Trabajo entre los programas más castigados. Por un lado se recorta lo que sostenía la continuidad educativa y el primer empleo. Por otro, se ofrece crédito caro para tapar ese agujero.
Los números elaborados en el marco del Monitor de Juventudes de Fundación SES y CEPA confirman que esto no es un fenómeno aislado, sino un deterioro estructural profundo. En el primer trimestre de 2026, la informalidad laboral entre jóvenes de 18 a 24 años alcanzó el 63,9% —685.000 jóvenes sin aportes jubilatorios—, un retroceso severo de 6,4 puntos porcentuales frente al mismo período de 2025 (57,5%).
El cuentapropismo, lejos de mostrar dinamismo emprendedor, funciona como refugio de subsistencia: el trabajo por cuenta propia entre los jóvenes de 18 a 24 años subió de 15,1% a 17,4% en doce meses, reflejo directo de la pérdida de empleo formal. Y hay una brecha de género que persiste invisibilizada: aunque los varones representan el 57,5% del volumen total de jóvenes informales por su mayor tasa de actividad, individualmente son las mujeres quienes sufren más la precarización, con un 64,5% de las ocupadas trabajando de manera informal, frente al 63,4% de los varones.
Frente a un discurso que festeja la “inclusión financiera” como si fuera sinónimo de progreso, lo que se observa es todo lo contrario: una espiral descendente donde la precarización laboral y el endeudamiento se retroalimentan, empujando a cada vez más jóvenes hacia situaciones de mayor vulnerabilidad.
Necesitamos políticas para acompañar trayectorias que permitan terminar la escuela, asistir a la universidad, conseguir un primer empleo digno y contar con un ingreso que no dependa de refinanciar la propia supervivencia.
La deuda es con las y los pibes. En materia de derechos. Y cada vez se profundiza más.





