A fines de marzo una noticia conmovió el país y lo tiñó de luto: un adolescente ingresó a su escuela y disparó contra sus compañeros, provocando la muerte de uno de ellos. La escena nos enfrentó con un dolor de esos que, en primer lugar, impactan y paralizan. Pero también interpelan. Porque, aunque se trata de un hecho excepcional en la Argentina, no puede ser leído como un episodio aislado, sin contexto.
Decir que no estamos frente a una recurrencia no implica minimizar lo sucedido. Por el contrario: exige pensar con mayor responsabilidad. Si algo deja en claro este hecho, es que la escuela no está por fuera de la sociedad. Entra a la escuela lo que pasa en los barrios, en los hogares, en las tramas vinculares, en las condiciones materiales de existencia. La desmejora general en las condiciones de vida, el aumento de distintas formas de violencia, la precariedad laboral, la soledad en la que crecen muchos chicos y chicas, la fragilidad o ausencia de redes de cuidado: todo eso impacta en la experiencia escolar. No de manera lineal ni mecánica, pero sí real.
La escuela no puede seguir siendo pensada como una institución a la que se le exige todo, mientras se la dota cada vez de menos recursos. El momento actual abre también una oportunidad concreta: la caída de la natalidad y la reducción de matrícula podrían traducirse en grupos más pequeños, en mayor tiempo docente por estudiante, en más acompañamiento. Eso requiere una decisión política: que los recursos no se recorten junto con los inscriptos, sino que se redistribuyan en favor de una educación más cuidadosa y contenedora de los procesos vitales de alumnos/as.
Los problemas complejos no admiten soluciones simples. Pero sí hay una certeza: sin mayor inversión, sin políticas públicas y sin redes de articulación institucional más sólidas, el escenario se vuelve cada vez más adverso. La escuela sigue siendo —y cada vez más— un lugar de excepción. Un espacio donde, en un mundo crecientemente fragmentado, se genera un encuentro, todos los días, cara a cara, a compartir tiempo, palabra, conflictos, aprendizajes y experiencias comunes. Es uno de los pocos ámbitos donde lo comunitario sigue ocurriendo de manera cotidiana y sostenida.
Defender la escuela es también defender una idea de sociedad. Una sociedad que no se resigna a gestionar daños, sino que apuesta a prevenir, acompañar y abrir posibilidades. Una sociedad que entiende que el cuidado no puede recaer en voluntades aisladas, sino que necesita instituciones fortalecidas. Una sociedad que decide, en definitiva, que sus chicos y chicas no pueden crecer solos.



